martes, 19 de enero de 2010

Paraíso inhabitado - Ana María Matute

El doctor Zarangüeta dijo:
-Esta niña está triste... esta niña tiene algo que la está royendo por dentro... ¿Dónde está su madre, por Dios...?
Pero yo sabía que no se trataba de las ausencias -más o menos frecuentes- de mamá: era sentirme privada de la compañía de Gavi, de nuestro territorio de lecturas conjuntas, muy bien enmarca­do en el trocito de alfombra donde nos tendíamos a leer. Nuestras confidencias a través del Teatro de los Niños, y la historia bordada en oro y pájaros, que extendía ante nuestros ojos Teo... y a Zar, que cuan­do no saltaba tras la pelota, se tendía con las patitas delanteras juntas, el morro encima, y mirándonos de reojo, en su particular parcela de alfombra, en la otra esquina, con sus correspondientes rombos y círculos azules y marrones. Ésa era mi tierra, ésa era mi ciudad.
Y, por vez primera, supe lo que era la añoranza, porque empezaron a revivir en mi memoria las tar­des en que Teo dejaba de coser, y yo vi por primera vez un samovar.

Paraíso inhabitado - Ana María Matute


- La luz se iba por el montante de la puerta - expliqué.- No quería dormir, estaba esperando, esperando...Siempre estoy esperando.
Eduarda miró la punta encendida del cigarrillo.
Dió una calada y dijo:
- Todo el mundo espera.
- Pero entonces oí las pisadas del Unicornio, y oí cómo aplastaba las hojas del bosque bajo las pezuñas...
- Los Unicornios no hacen ruido, ni dejan huellas, ni aplastan hojas...
- Pero lo vi; vi cómo echaba a correr... Y desaparecía. ¿Volveré a ver al Unicornio?
Eduarda aplastó el cigarrillo en el cenicero, sacudió con la mano el humo que aún flotaba en una casi invisible nubecilla, y dijo:
- Los Unicornios nunca vuelven.

Paraíso inhabitado - Ana María Matute

- Ahora – dijo Gavi – sólo tienes que dejarte llevar… a lo mejor, a lo primero, no sabes muy bien lo que pasa, pero enseguida, enseguida te llevaré a volar conmigo…Y además, vamos a atravesar todos los veleros… y las gaviotas y las nubes… ¡Ya verás! ¿Tienes confianza en mi?
Reconozco que tuve un instante de duda. Pero veía aquella mirada resplandeciente, esperando, esperando, y dije:
- Sí, sólo tengo confianza en ti…
Empezó a calzarme y a atar las correas de los patines. Por algún chispazo, como una gota de luz que caía sobre las correas, me di cuenta de que lloraba. Y pensé que, acaso, sólo yo tenía confianza en él, y deseé decirle que le quería mucho, que le quería más que a nada ni nadie en el mundo. Pero no encontraba palabras, y además tenía un nudo en la garganta que me impedía hablar.
Me puse en pie, me rodeó la cintura con el brazo, canturreó a mi oído, casi en un susurro, su acostumbrado «Ven, ven…», y añadió:
- Cada vez que oigas este tintineo volarás conmigo.

Paraíso inhabitado - Ana María Matute

- (...) Quiero que sepan que eres mi novia...
Casi me caigo del baúl. Me temblaban los labios, y mi corazón había dejado de golpear: ahora temblaba.
- ¿Yo soy tu novia?
Levantó la cabeza, mirándome. Sus ojos estaban llenos de asombro:
- Pues claro...Eres mi novia porque no podemos separarnos...Como siameses, ¿no te acuerdas?
Yo tenía la garganta apretada, no podía casi hablar. Pero asentí con la cabeza, y él lo dio por bueno.
La imagen de los novios-bandidos del cuarto de la plancha se esfumó.