- Ahora – dijo Gavi – sólo tienes que dejarte llevar… a lo mejor, a lo primero, no sabes muy bien lo que pasa, pero enseguida, enseguida te llevaré a volar conmigo…Y además, vamos a atravesar todos los veleros… y las gaviotas y las nubes… ¡Ya verás! ¿Tienes confianza en mi?
Reconozco que tuve un instante de duda. Pero veía aquella mirada resplandeciente, esperando, esperando, y dije:
- Sí, sólo tengo confianza en ti…
Empezó a calzarme y a atar las correas de los patines. Por algún chispazo, como una gota de luz que caía sobre las correas, me di cuenta de que lloraba. Y pensé que, acaso, sólo yo tenía confianza en él, y deseé decirle que le quería mucho, que le quería más que a nada ni nadie en el mundo. Pero no encontraba palabras, y además tenía un nudo en la garganta que me impedía hablar.
Me puse en pie, me rodeó la cintura con el brazo, canturreó a mi oído, casi en un susurro, su acostumbrado «Ven, ven…», y añadió:
- Cada vez que oigas este tintineo volarás conmigo.
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